La ciudad aún estaba oscura cuando Elara abrió los ojos.
Durante un instante suspendido y ciego, no supo dónde estaba. El techo sobre ella no era el mismo que había pasado cinco años contemplando. Era más alto, más frío, y estaba bordeado por finas tiras de iluminación empotrada que brillaban como brasas apagándose hasta desaparecer.
Se incorporó y sintió cómo la tela de su vestido esmeralda se tensaba sobre sus costillas, rígida y extraña contra su piel. Seguía vestida. Una chaqueta negra de c