104. Los jadeos

Heinz se acercó a ella. Extendió su diestra y tocó la mejilla de Ha-na. Puso sus dos dedos en los gráciles labios y descendió por su barbilla, su cuello y su torso; allí se detuvo. Uso ambas manos, abarcando los senos.

Ha-na echó su cuerpo hacia atrás apoyándose en la superficie del escritorio con sus antebrazos y separó más sus piernas. Cada parte de ella solo reaccionaba para buscar un mayor estímulo. Podía verlo, al frente de ella.

Heinz masajeaba aquellas masas blancas con delicadeza, sintiendo la textura cambiante que ofrecía a cada movimiento. Era como si respondieran al contacto, moldeándose y adaptándose, de forma viva bajo sus dedos. Frotó los rozados pezones que se habían vuelto rígidos, como un botón. La sensación era única, una mezcla de suavidad y resistencia ante cada compresión ejercida. Al apretar ligeramente, se amoldaban, sobresaliendo entre sus dedos como algodón cerúleo.

Sus gráciles virtudes eran maleables, pero en el centro también se sentía más riguroso, debido
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