El anfitrión anunció el intercambio de los anillos de compromiso.
La expresión de Sebastián se mantuvo serena, casi indiferente, en marcado contraste con la dulzura tímida y radiante de Gabriela.
Una oleada de emoción recorrió al público mientras los aplausos llenaban el jardín.
Luego invitaron a Madame Zeta a subir al escenario.
Como futura suegra, le presentó a la novia un regalo: un collar de diamantes.
En el instante en que se abrió el estuche, la multitud contuvo el aliento.
Se decía que el collar no tenía precio: cincuenta y dos diamantes de la más alta calidad, adquiridos por Derreck en una subasta.
El mensaje era claro:
este matrimonio importaba. Y mucho.
Sebastián conservó una sonrisa cortés, pero por dentro lo abrasaba la amargura.
Ese lugar en el escenario —el de colocar el collar— debería haber sido de mi madre.
En cambio, estaba escondida, su existencia demasiado “incómoda”, demasiado “vergonzosa” para que la familia la mostrara.
¿Cuándo…?, se preguntó. ¿Cuándo le perm