ALARIC
El dolor era insoportable, un fuego líquido que se extendía desde mi brazo hasta mi pecho, como si la bala de plata aún estuviera alojada en mi carne. Me obligué a no perder el control. No podía permitirme eso, no ahora. Agarré la bala con una garra temblorosa, hundiéndola en la herida mientras gruñía. La extraje con un movimiento rápido, mordiendo los dientes para no gritar. La pequeña esfera de metal cayó al suelo con un ruido sordo, sucia de mi sangre.
Ese disparo era mortal para un