ELENA
El calor de la taza entre mis manos era reconfortante, un contraste radical con el frío que todavía se aferraba a mi piel, como si no quisiera dejarme ir del todo.
La manta que me envolvía apenas lograba contener los escalofríos que venían más del recuerdo que del frío real. El río me había arrebatado algo más que el aliento; por un breve y fugaz instante, me había dado algo que nunca pensé recuperar.
Liana estaba cerca. Ella había sido quien me ayudó a cambiarme de ropa tras la caída. E