La tensión en el semblante de Marcela se desvaneció en cuanto reconoció a Sofía.
—¡Vaya, hasta que te apareces! Te juro que ya me moría de ganas de verte.
Dicho esto, ataviada con una chamarra de estoperoles, se abalanzó hacia ella con la intención de abrazarla.
Palideció al verla venir.
—¡Ey, quieta! ¿Qué te pasa? ¡Tranquila!
La observó con una mueca de fastidio mientras su amiga intentaba lanzársele encima.
Al ver la seriedad en su expresión, Marcela detuvo su avance y adoptó una actitud más c