Diana era una excelente seguidora y, para mantener las apariencias, Jimena no tuvo más remedio que resignarse a pagarle los gastos del hospital.
Aunque no había sido nada grave, y la cantidad realmente no le importaba.
Pero el tiempo perdido y la vergüenza que pasó la hacían sentir que no sabía ni dónde meter la cabeza.
Diana no dejaba de quejarse a su lado, insistiendo en que le dolía mucho la mano.
Sin más opción, tuvo que armarse de paciencia para consolarla.
«Pero qué inútil», pensaba para s