****Elena***
Llamé a Cristhian desesperada por milésima vez. ¡Mil veces! Y el muy imbécil seguía sin contestar. Colgué el teléfono con tanta fuerza que casi rompo la pantalla. Respiré hondo, intentando calmarme, pero fue inútil. Lo peor no era que no me contestara; lo peor era que sabía dónde estaba, y eso me enloquecía más. Abrí la aplicación que usaba para rastrear su celular. Sí, lo rastreaba, ¿y qué? Cristhian no podía tener secretos conmigo. El teléfono mostraba su ubicación exacta, y esta