Recuerdo perfectamente el día en que recibí la primera llamada de Anastasia. Era la mañana siguiente a la rueda de prensa en la que anuncié al mundo lo que muchos habían creído imposible: que Rubí era en realidad Sarah Blake, la mujer que todos pensaban muerta hace más de una década. Me preparaba un café, aún con el cuerpo y la mente agotados tras el despliegue mediático, cuando mi teléfono sonó.
El número en la pantalla no estaba registrado. Por un instante, pensé en no contestar. Mi mente, si