Devon
Cristhian se había convertido en una sombra de sí mismo. Desde la muerte de Sarah y Zackary, su vida era una espiral descendente, un pozo sin fondo en el que se refugiaba en el alcohol para mitigar un dolor que, por lo visto, nunca menguaría. No lo culpaba. Su padre estaba en prisión, su madre muerta, Elena también había muerto, y Sarah… Sarah, la mujer que había amado aunque jamás lo admitiera, también había partido y su hijo, perder un hijo debía ser un golpe duro. Todo en el mismo año.