—Entonces… ¿qué tenemos que hacer para que puedas perdonarnos, Harper?
La voz de Alexander rompió el silencio dentro de la lujosa sala VIP del restaurante. Frente a él, Harper estaba de pie de espaldas a la larga mesa cubierta con mantel de satén, mirando fijamente el gran ventanal de cristal que mostraba el centelleo de las luces de la ciudad desde el piso treinta. Sus hombros erguidos se veían distantes, como si hubiera un muro transparente separándola de las personas que compartían su sangre