Xavier permanecía de pie, su postura una estatua de incredulidad, fuera de las estériles paredes de la sala del tribunal. El veredicto resonaba en sus oídos, pero era el silencio de la voz de su hijo por nacer lo que gritaba en su interior. Era una tempestad de furia; Cathleen le había robado su lugar legítimo a su lado durante el embarazo, y ahora lo pagaría.
—Señor, esto es para usted.— El sobre manila apareció frente a él, severo contra el día gris. —La oficina de la señora, su bufete... y s