Los puños de Edward se cerraron mientras estaba de pie frente a la pesada puerta de roble, las venas de sus manos palpitando como serpientes furiosas bajo su piel. Golpeó con fuerza la madera, cada golpe resonando por el corredor silencioso con el peso de la desesperación. El estudio era un santuario de poder, donde los destinos se alteraban con una sola palabra del anciano que estaba dentro.
—Adelante,— llegó la voz ronca del otro lado.
—¡Padre!— Exhaló Edward, empujando la puerta. Su corazón