El humor de Xavier era extrañamente bueno cuando entró paseando en el gran vestíbulo de la finca familiar. Saludó a todos con una sonrisa auténtica, muy distinta de su habitual indiferencia, mientras avanzaba junto a las imponentes columnas de mármol y los retratos de los antepasados. El personal se miró con desconcierto; su joven amo, normalmente estoico, estaba actuando de una manera completamente impropia, y su voz animada reverberaba por los techos altos.
—Buenos días, señora Potts —llamó X