Xavier recorría de un extremo a otro su despacho tenuemente iluminado, y cada paso era un redoble silencioso que reflejaba el tumulto que llevaba dentro. Habían pasado ya dos meses enteros desde aquella noche con Cathleen, su esposa, su supuesta sumisa perfecta, y ahora no había nada más que silencio. Ridículo. Le dolían los dedos de tantas ganas de volver a coger el teléfono, de probar su número una vez más, pero sabía que era inútil. Ella no contestaba; se había ido.
—¡Joder! —La palabra le e