37. Dolorosa confesión
—¡Hija! No te pongas mal, por favor. Sé que te he fallado al protegerte —gritó su madre, tratando de tranquilizarla con una mirada suplicante.
Beth se rió, casi sonó histérica.
—¿En serio, Jenevitt? ¿Haces miserables los veintiséis años de mi vida y pides que no me ponga mal? —puso la mano en su pecho, intentando controlar los latidos de su corazón.
—Yo cometí muchos errores en mi juventud, y los pagaste tú. Sé que no es algo que se pueda perdonar tan fácil, pero...
Alzó una mano para detenarla