Promesa Mínima.
La palabra “casarse” no aparece de golpe, pero de igual manera me sorprende en cierto modo.
No entra a la conversación como un anuncio ni como una pregunta.
No se impone, no ocupa el centro. Aparece como aparecen las cosas que ya estaban ahí antes de ser nombradas: con cuidado, casi pidiendo permiso.
Estamos en la cocina, es de noche. No una noche simbólica ni cargada de presagios, solo una noche cualquiera en la que el cansancio se sienta con nosotros a la mesa como un tercero silencioso.
Hay