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Robert Edwards jamás pensó, ni por un segundo, que algún día sería la víctima en vez del victimario.

Con todos los dedos de las manos inutilizados y vendados, golpeado, cojeando y tratado como menos que un animal, fue trasladado hacia un sitio desconocido, sin ver nada por la venda que tapaba sus ojos llorosos.

Su boca también amordazada y era la viva imagen de un hombre caído en la más humillante desgracia.

— Este es el chico que tengo disponible, del que le hablé – Robert escuchó que alguien
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