Los ojos de Robert Edwards miraban hacia el escenario, fascinados y cargados de una salvaje lujuria.
Sobre el escenario, una exótica pelirroja de ojos verdes, fieros como una tigresa, bailaba semidesnuda al ritmo de la música sensual, con movimientos eróticos capaces de despertar los más oscuros deseos de los hombres.
Madame Venus, era su nombre “artístico” porque decían que era capaz de llevar a su cliente de turno hasta la misma gloria y Robert, era un tipo al que le encantaba experimentar lo