— ¡¿En serio aceptaron venir a la fiesta?!
¡BAM!
Albert Edwards se levantó de repente de la silla de su escritorio, haciendo que esta sonara estrepitosamente al arrastrarse.
— ¡Sí, sí, sí, ten todos los contratos y propuestas listas! ¡Esta oportunidad no la podemos perder! – le gritaba emocionado a su secretario que le daba las buenas nuevas desde la compañía.
En eso, Grace entraba por la puerta con el servicio del café de la tarde.
Se asombró un poco al ver el rostro sonriente de su esposo