Capítulo 5

Después de que los niños salieran guiados por la cuidadora hacia sus asientos, Javier Vargas entró mirando su reloj de oro.

—Dos minutos, señorita Vega. Es la hora.

La Marcha Nupcial retumbó desde los enormes órganos de la catedral, llenando el espacio gótico con una melodía grandiosa y sagrada. Las puertas dobles se abrieron lentamente, revelando un interior lleno de cientos de invitados VIP: desde los compañeros de equipo de Mateo en el Real Madrid y celebridades, hasta los directivos de Vitality Milk que estaban en primera fila con una sonrisa de satisfacción.

Lucía caminó lentamente sobre la alfombra roja, del brazo de su padrino, con la mirada fija al frente. Al final del altar, estaba el hombre que cambiaría su vida.

Mateo Torres estaba de pie, muy derecho, con un esmoquin clásico, camisa blanca impecable y corbata de lazo. El corte de la ropa resaltaba sus hombros anchos y su altura. Su rostro, que en el campo solía verse arrogante, ahora lucía increíblemente tranquilo, aunque sus ojos no dejaban de seguir cada movimiento de Lucía al acercarse.

Cuando la mano de Lucía fue entregada a Mateo frente al sacerdote, la tensión entre ambos se hizo evidente. Las manos de Lucía estaban heladas y temblaban ligeramente al rozar la piel cálida de Mateo.

La ceremonia transcurrió con solemnidad. El sacerdote leyó los votos, frase por frase, que ellos debían repetir. Ante cientos de ojos y docenas de cámaras de televisión transmitiendo en vivo, ambos hicieron la promesa de amarse y cuidarse, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe; una promesa que, en el fondo, ambos sabían que solo duraría trescientos sesenta y cinco días.

—Ahora, por favor, coloquen los anillos como señal de su promesa sagrada —dijo el sacerdote con voz firme.

Un monaguillo trajo un cojín de terciopelo con dos anillos de diamantes de una joyería exclusiva de París. Mateo tomó primero el anillo de Lucía. Le tomó la mano izquierda.

En ese momento clave, Mateo notó algo distinto. La mujer frente a él no tenía esa cara de pocos amigos de la época del instituto. Lucía no lo desafiaba con esa mirada punzante de las salas de juntas. Al verla tan de cerca, Mateo vio un destello de miedo real en los ojos marrones de ella. Lucía parecía tan frágil, respirando agitada, y sus dedos temblaban tanto que a Mateo casi le costó ponerle el anillo.

Por primera vez en su vida, el gran ego de Mateo Torres se derrumbó. Su inmadurez y sus viejos rencores se evaporaron al ver la fragilidad de la mujer que legalmente se había convertido en su esposa.

Mateo no forzó el anillo. En cambio, bajó un poco la postura y tomó la mano fría de Lucía con sus manos cálidas y grandes de forma suave; un gesto que no estaba en el guion de Javier. Se la apretó despacio, tratando de transmitirle el calor y la calma que Lucía necesitaba en ese momento.

Lucía dio un pequeño respingo y levantó la vista hacia Mateo.

Mateo la miró intensamente y sus labios se movieron sin emitir sonido alguno, algo que ningún micrófono pudo captar, pero que Lucía leyó claramente:

—Sigue mi ritmo, jefa de clase. Vamos a superar esto.

Ese apodo, "jefa de clase", que Mateo solía usar para burlarse, ahora sonaba como una extraña garantía de protección. De alguna manera, esas palabras lograron inyectarle una sensación de seguridad inmediata a Lucía.

El corazón, que antes le latía a mil por hora, empezó a calmarse y el temblor en sus dedos fue desapareciendo poco a poco. Lucía respiró hondo y le devolvió a Mateo una mirada tranquila, asintiendo con la cabeza de forma sincera.

Mateo esbozó una sonrisa suave, esta vez una de verdad, sin nada de fingimiento, y deslizó el anillo en el dedo de Lucía con precisión. Después, le tocó el turno a ella; tomó el anillo de Mateo y se lo puso en el dedo, con la mano mucho más firme que antes.

—Ya pueden considerarse marido y mujer ante Dios y todos los presentes. Pueden besarse —dijo el sacerdote para cerrar la ceremonia.

La catedral se quedó en silencio absoluto, todos esperando el momento que medio mundo estaba viendo desde casa. Atrás, los fotógrafos pegaron el ojo al visor de sus cámaras, listos para disparar.

Mateo dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Sus manos subieron despacio y tocaron el rostro de Lucía con una ternura que ella jamás habría imaginado. Le apartó el velo de tul, dejando al descubierto su cara bajo la luz de la catedral.

Lucía contuvo el aliento y cerró los ojos por instinto cuando sintió que Mateo se acercaba.

En el guion, el beso debía ser algo rápido y formal, solo un roce de dos segundos para la prensa. Pero, en cuanto los labios cálidos de Mateo tocaron los de ella, algo raro pasó.

No fue para nada ese beso vacío de negocios que esperaban. Fue como una descarga eléctrica, un chispazo que ninguno de los dos había sentido en todos esos años en los que solo habían sido enemigos. El beso se alargó, fue intenso, cálido y lleno de una emoción que no sabían ni explicar. Por unos segundos, el ruido de las cámaras, los flashes y la gente desaparecieron. Solo estaban ellos dos en el altar.

Cuando Mateo se separó, los dos abrieron los ojos al mismo tiempo. En la mirada de ambos había sorpresa y confusión. Se quedaron mirando, respirando agitados, conscientes de que lo que acababa de pasar ya no era parte de la actuación.

¡APLAUSOS!

El alboroto y los aplausos rompieron el silencio, sacándolos de su burbuja. Los invitados se pusieron de pie y, en primera fila, los niños de la fundación saltaban felices mientras aplaudían.

En el altar, bajo una lluvia de pétalos de rosas blancas que caían desde el techo, Mateo volvió a tomar la mano de Lucía, entrelazando sus dedos con fuerza. Se giraron hacia los invitados y las cámaras con una sonrisa radiante.

Para el mundo entero, ese día habían protagonizado la boda de cuento de hadas más romántica de España, haciendo que su etiqueta fuera tendencia mundial. Pero para Mateo y Lucía, mientras caminaban por la alfombra roja hacia la salida, estaba claro que aquel beso en el altar había abierto un capítulo mucho más complicado y peligroso para sus corazones. La farsa no había hecho más que empezar, y ahora lo que estaba en juego era mucho más que un simple contrato.

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