—¡Maldita sea, se escapó! —espetó Félix con rabia. Respiraba agitado mientras le daba un puñetazo al capó del SUV más cercano. El golpe metálico resonó con fuerza en aquel rincón oscuro del sótano del Hospital Central de Madrid.
Rafael permanecía firme a su lado, con el pecho subiendo y bajando rápido bajo el traje formal, ahora algo arrugado tras la persecución. Sus ojos escaneaban cada centímetro del aparcamiento, que empezaba a quedarse vacío. Aquel tipo de la bata blanca y el pin extraño s