Capítulo 2
Olivia

Ryan giró la cabeza de golpe, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa. Por un momento, el tiempo pareció detenerse, mis pulmones se negaron a funcionar y la habitación se inclinó de lado.

—Liv… —balbuceó Ryan, sin separarse aún de Sophia—. Esto no…

—¿No es lo que parece? —rematé yo con la voz sorprendentemente firme, a pesar del caos que me estaba destrozando por dentro—. Porque parece que te estás follando a mi amiga el día de su cumpleaños, mientras yo esperaba abajo a que buscaras una copa que nunca iba a llegar.

Sophia giró la cabeza y se encontró con mi mirada sin un ápice de vergüenza, ni siquiera se molestó en arreglarse el vestido, simplemente apoyó los codos en el tocador y suspiró como si hubiera interrumpido una reunión de trabajo.

—Ay, Olivia —se lamentó, con la voz cargada de condescendencia—. ¿De verdad pensaste que un hombre como Ryan iba a conformarse solo contigo?

Ryan por fin se apartó de ella, forcejeando con el pantalón para subírselo.

—Cariño, por favor, esto es solo… una cosa que no significa nada.

—¿Una cosa que no significa nada? —repetí, sintiendo cómo me subía el calor a la cara—. ¿Y desde cuándo está pasando esta “cosa”?

Antes de que cualquiera de los dos pudiera contestar, escuché unos pasos detrás de mí.

—¿Liv? ¿Lo encontraste…? —la pregunta de Emilia se cortó en seco cuando llegó a mi lado y se topó con la escena—. Mierda santa.

El rostro de Ryan palideció aún más. —No es lo que…

—Si dices que “no es lo que parece” una vez más, te juro por Dios que te castraré con mis propias manos.

Emilia me rodeó los hombros con el brazo en un gesto protector.

Sophia se enderezó por fin, acomodándose el vestido con movimientos llenos de parsimonia, después se echó el cabello hacia atrás y tuvo el descaro de esbozar una sonrisa ladeada.

—Ryan y yo tenemos un acuerdo, esto es solo sexo. Sexo increíble, sí, pero nada más que eso.

—¿Un acuerdo? —solté una risa quebradiza que sonó extraña hasta para mis propios oídos—. ¿Y cuándo pensaban incluirme en ese acuerdo? ¿Antes o después de contagiarme de clamidia?

—No seas dramática —exclamó Ryan, metiéndose la camisa por dentro—. Hemos tenido cuidado.

—Oh, han tenido cuidado. ¡Bueno, eso ya lo arregla todo! —alcé las manos—. Te has estado follando cuidadosamente a mi amiga a mis espaldas. ¡Qué detallazo!

Sophia se apoyó contra el tocador, cruzando los brazos.

—Olivia, somos adultos, y la monogamia es tan… limitante, ¿no te parece?

Emilia dio un paso al frente. —Lo único limitante aquí es tu brújula moral, zorra traicionera.

—Ten cuidado —advirtió Sophia, entornando los ojos.

—¿O qué? ¿También te vas a acostar con mi novio? Haz la cola —Emilia se volvió hacia Ryan—. Y tú, patético intento de hombre. ¿Dos años? ¿Le hiciste tirar a la basura dos malditos años de su vida estando contigo?

Ryan por fin logró abrocharse el cinturón. —Liv, cariño, escúchame por favor. Podemos hablarlo, esto es solo físico, no cambia lo que siento por ti.

—Sientes tanto por mí que me compraste este vestido —hice un gesto hacia mi atuendo—. Para que yo me quedara abajo mostrándome frente a tus amigos mientras tú estabas aquí arriba con la polla dentro de Sophia.

—El vestido se te ve increíble —murmuró débilmente.

Lo miré con incredulidad. —¿En serio, eso es lo mejor que se te ocurre decir? ¿Piropos de moda?

—Yo solo digo…

—No, ya terminé de escuchar lo que “solo dices” —me di vuelta para irme, pero antes me detuve y volví a girarme hacia él—. Dos años, Ryan. Durante dos años he reorganizado mi vida por ti, creyendo cada palabra que salía de tu boca. ¿Algo de eso fue real?

Él dio un paso hacia mí. —Claro que fue real. Te amo, Liv.

—Ahórratelo —escupí—. Si esta es tu versión del amor, no quiero saber nada de ella.

Sophia soltó un suspiro teatral. —¿Podemos terminar con esto? Tengo invitados que atender abajo.

—Ahora tienes una menos —repliqué, dando la vuelta—. Disfruta tu regalo de cumpleaños, se merecen el uno al otro.

Emilia les lanzó una última mirada llena de odio antes de seguirme. Avanzamos por el pasillo a paso firme, las piernas me llevaban hacia delante, a pesar de que sentía que podían fallarme en cualquier momento.

—Te tengo —susurró Emilia, aún tenía su brazo alrededor de mí mientras bajábamos las escaleras.

La fiesta continuaba abajo, ajena a la implosión que acababa de ocurrir en el piso superior. Ahora sentía que la música sonaba demasiado alta y las risas eran estridentes.

Nos abrimos paso entre la multitud en dirección a la puerta principal. Alguien gritó mi nombre, pero seguí avanzando, con la mirada clavada en la salida.

El aire fresco de la noche me golpeó la cara al cruzar el umbral, y solo entonces me di cuenta de que estaba temblando.

Alcanzamos la acera cuando oí la puerta principal abrirse detrás de nosotras, pero me negué a mirar atrás.

—¡Olivia! —gritó Ryan—. ¡Espera!

Emilia se giró, colocándose entre él y yo como un escudo.

—Vuelve con tu cumpleañera, imbécil.

—Esto es entre Liv y yo —insistió, aunque no dio un solo paso para acercarse.

—Ya no hay “Liv y yo” —le contesté sin detenerme—. Se acabó.

Su respuesta se perdió en el aire cuando doblamos la esquina y los sonidos de la fiesta quedaron atrás.

Una vez fuera de su campo de visión, mi autocontrol se hizo añicos; dejé de caminar, con el aire escapándose de mis pulmones en bocanadas rápidas.

—No puedo creerlo… no puedo… —me llevé la mano a la boca.

—Lo sé, cariño. Lo sé —Emilia me rodeó con los brazos—. Sácalo todo.

—Dos años —susurré contra su hombro—. Dos malditos años.

Me acarició el cabello. —Lo siento tanto, Liv.

Me separé de ella, limpiándome las lágrimas con rabia. —¿Lo sabías? ¿Lo de ellos?

Emilia vaciló. —No del todo, pero tenía mis sospechas.

—¿Qué? ¿Y por qué no me dijiste nada?

Suspiró, sacando el móvil de su bolso. —Los vi en Café Bartonal el mes pasado, y aunque dijeron que se habían encontrado por casualidad, había algo… raro en ellos, quizás era la forma en que estaban sentados, o cómo él le tocaba el brazo. No quise decirte nada sin pruebas, no quería hacerte daño si estaba equivocaba.

—Bueno, ahora ya tenemos pruebas de sobra —dije con amargura.

—Voy a pedir un taxi —dijo Emilia, tecleando en la pantalla—. Mi coche no está aquí porque Jake me trajo y luego se fue.

Me abracé el cuerpo contra el frío, de golpe fui consciente de lo expuesta que me encontraba con el vestido que había elegido Ryan.

—No hay taxis disponibles, caminemos un poco. Seguiré intentando pedir uno y también llamaré a Jake, a lo mejor puede venir por nosotras.

—Me da igual —respondí—. Lo único que quiero es alejarme de la casa de Sophia, en este momento caminaría hasta el fin del mundo si eso significa no volver a ver a Ryan.

Echamos a andar por la acera, mis tacones repiqueteaban contra el cemento. El barrio era de alto nivel, con casas enormes retiradas de la calle, pero el alumbrado era escaso.

El rugido de un motor interrumpió la quietud cuando un descapotable aminoró la marcha junto a nosotras. Cuatro tipos iban apretujados dentro, y una oleada de olor a alcohol nos golpeó. El conductor se inclinó hacia mi lado, dejando que sus ojos se pasearan por mi cuerpo hasta fijarse en mi pecho.

—Hey nenas, ¿quieren que las llevemos? —sonrió, mostrando un diente de oro—. Tenemos sitio de sobra en nuestras piernas.

Sus amigos estallaron en carcajadas y el que iba de copiloto alzó una botella.

—¡Estamos celebrando! ¿No quieren celebrar con nosotros?

—Váyanse a la mierda —soltó Emilia, tirando de mí para alejarme de ellos.

—Uy, qué brava —el conductor apagó el motor—. Me gustan las bravas.

Uno de ellos, de cuello grueso y un tatuaje tribal, saltó por encima de la puerta y avanzó hacia nosotras tambaleándose, señalando a Emilia.

—Que buena boca tienes, rubia. A ver qué más sabes hacer con ella.

Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó hacia ella y la agarró del cabello, echándole la cabeza hacia atrás, por lo que Emilia gritó, arañándole el brazo.

—¡Suéltala! —grité y de golpe, todo rastro de la ejecutiva de marketing se borró de mí, reemplazada por una furia pura y llana. Balanceé mi bolso y le di de lleno en la sien.

Él se tambaleó, pero no soltó el agarre sobre el cabello de Emilia.

—Tu amiguita quiere jugar duro, ¿eh? —se burló, mirándome con descaro, clavando los ojos en mi escote—. Que buenas tetas, apuesto a que rebotan de maravilla.
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