La Esposa Contractual del CEO
La Esposa Contractual del CEO
Por: Gregory Ellington
Capítulo 1
Olivia

Me dejé caer en el asiento del copiloto mientras el auto de Ryan avanzaba por las calles bordeadas de palmeras de Puerto Dorado.

Los párpados me pesaban tras un turno de doce horas en Carter Enterprises. La campaña trimestral de marketing obligaba a todos a hacer horas extra y, como ejecutiva junior de marketing, tenía que invertir más tiempo.

—¿Sigues aquí conmigo, nena? —Ryan me lanzó una mirada de reojo, su cabello oscuro perfectamente peinado captaba el resplandor del atardecer.

—A duras penas —reprimí un bostezo—. Recuérdame por qué vamos a esta fiesta cuando ahora mismo podría estar estampando mi cara contra la almohada.

—Porque Sophia te matará si faltas a su cumpleaños —alargó la mano y me apretó la rodilla—. Y porque te ves espectacular con ese vestido que te compré.

Bajé la vista hacia el vestido negro de cóctel que él se había empeñado en que me pusiera. El escote era más pronunciado de lo que yo habría elegido y el dobladillo se subía lo suficiente como para hacerme sentir incómoda cada vez que me sentaba.

Ryan había aparecido en mi apartamento con el vestido en una bolsa de boutique, con los ojos brillando por la anticipación mientras yo me lo probaba.

—Sigo pensando que es exagerado para una fiesta de cumpleaños —tiré de la tela, intentando cubrirme un poco más el pecho.

—Liv, llevamos dos años saliendo y sé mejor que tú lo que te queda bien. Créeme, todos los hombres de esa fiesta van a desear estar en mi lugar esta noche.

—¿De eso se trata? ¿De marcar territorio?

—¿Y quién podría culparme? —me guiñó un ojo mientras giraba hacia la calle de Sophia, donde los coches de lujo se alineaban a ambos lados.

El triplex recién comprado de Sophia se alzaba con su imponente iluminación a medida que el cielo se oscurecía y la música palpitaba desde el interior. Para alguien que solo estaba cumpliendo veinticinco años, le había ido sorprendentemente bien en el negocio inmobiliario.

Ryan encontró donde estacionar medio bloque más abajo y apagó el motor.

—¿Lista para hacer una entrada triunfal, señorita Morgan?

—Lo más lista que voy a estar —agarré mi bolso y la bolsa con el champán vintage que Ryan había sugerido que lleváramos.

El aire fresco de la tarde me golpeó los hombros desnudos al bajar del coche, arrancándome un escalofrío. Ryan deslizó el brazo alrededor de mi cintura, posando su mano peligrosamente baja sobre mi cadera.

—¿Te das cuenta de que merecía la pena arreglarse? —asintió hacia la casa—. Este lugar es una locura.

Subimos por el camino curvo de la entrada, donde habían colgado lucecitas entre las palmeras. La puerta principal estaba abierta, derramando luz, música y risas sobre el porche.

—¡Olivia! ¡Viniste! —Sophia apareció en el umbral, deslumbrante con un vestido de lentejuelas doradas—. ¡Empezaba a pensar que me habías dejado plantada!

—Mi trabajo hizo todo lo posible por mantenerme lejos —reí, aceptando su efusivo abrazo—. Feliz cumpleaños, Soph.

—Y como siempre, Ryan se ve delicioso —le lanzó besos al aire en cada mejilla—. ¡Pasen, pasen! Ya todo el mundo les lleva dos tragos de ventaja.

Ryan apoyó la mano en mi espalda baja cuando entramos en el vestíbulo que se abría a una enorme sala de estar donde al menos treinta personas conversaban. El espacio tenía ventanales de suelo a techo con vistas a las luces titilantes de Puerto Dorado.

—¿Trago? —preguntó Ryan, escaneando la sala con la mirada.

—Dios, sí. Lo más fuerte que tengan.

Soltó una risita. —Esa es mi chica, ahora vuelvo.

Al mismo tiempo que Ryan desaparecía hacia la barra improvisada, escuché un chillido familiar desde el otro lado del salón.

—¡Olivia Morgan, mueve ese culo para acá!

Me giré y vi a Emilia agitando los brazos de manera frenética desde un mullido sofá seccional. Mi mejor amiga desde la universidad ya se veía colorada por el alcohol, mientras su cabello rubio le caía en ondas sobre los hombros.

—¡Em! —me abrí paso entre pequeños grupos de invitados hasta llegar a ella—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—El suficiente como para saberme la historia de vida del barman —se puso de pie y tambaleándose un poco sobre los tacones, me abrazó. Luego se apartó, sosteniéndome a distancia para revisar mi atuendo—. Joder, tus tetas se ven increíbles con ese vestido. ¿Lo escogió Ryan?

Sentí que se me encendían las mejillas. —¿Se nota tanto?

—Solo porque te conozco desde hace ocho años y sé que jamás enseñarías tanto escote por voluntad propia —entornó una sonrisa—. Y que conste que no me quejo. Si yo tuviera tu delantera, también la exhibiría.

—¿Puedes decirlo un poquito más alto? Creo que todavía no se ha enterado todo Malibra.

—Lo siento, pero no puedo evitarlo, eres demasiado fácil de avergonzar —los ojos de Emilia brillaban con picardía mientras le daba otro sorbo a su bebida—. Por cierto, ¿has visto a la cumpleañera? Juraría que estaba aquí recibiendo a la gente y luego simplemente… desapareció.

Barrí la sala abarrotada con la mirada. —La verdad es que no. ¿Y Ryan? Se suponía que iba a traerme algo de beber.

—¿Quizá está afuera? Vi a varias personas yendo hacia el jardín trasero hace un rato —Emilia se encogió de hombros—. O puede que se esté fumando un cigarrillo a escondidas.

Entrecerré los ojos. —Me dijo que lo había dejado hace tres meses, si lo descubro fumando después de todo su rollo de “se acabó la nicotina para siempre, bebé”, lo mataré yo misma.

—Los hombres mienten por las cosas más estúpidas. O sea, solo tiene que admitir que sigue fumando y les ahorraría el drama a los dos.

—Voy a buscarlo —respondí, tirando del vestido que se había subido peligrosamente—. Si está afuera con un cigarrillo, se lo apagaré en sus zapatos favoritos.

—Esa es mi chica —Emilia alzó su vaso—. Yo me quedaré aquí, criticando el atuendo de todo el mundo hasta que regreses.

Me deslicé entre la gente del salón, saludando con la cabeza a rostros medio conocidos de otras reuniones, hasta llegar a la cocina que estaba abarrotada de personas mezclando bebidas, pero ni rastro de Ryan.

En el patio trasero, un grupo participaba en un juego para beber con vasos de chupito y pelotas de ping-pong. No obstante, Ryan tampoco estaba ahí.

—¿Buscas a alguien? —se me acercó un tipo alto con un moño en la nuca, cuya mirada se deslizó hacia mi escote antes de encontrar mis ojos.

—A mi novio, es alto, con cabello oscuro, y probablemente con cara de estar muy satisfecho consigo mismo.

Se rio. —No lo he visto, pero estaría encantado de hacerte compañía hasta que aparezca.

—Paso rotundamente, pero gracias —me di la vuelta, sintiendo cómo crecía mi irritación. ¿Dónde diablos estaba Ryan con mi bebida?

Subí la moderna escalera flotante hacia la siguiente planta, donde el ruido de la fiesta se escuchaba amortiguado. El pasillo estaba tenuemente iluminado y tenía varias puertas cerradas.

Un sonido llamó mi atención; ¿fue un gemido o una risa? Quizás algo entre ambas cosas, pero era tenue y venía desde el fondo del corredor.

Se repitió, más nítido esta vez. Definitivamente era un gemido.

Genial, alguna pareja había encontrado un rincón privado para revolcarse durante la fiesta de Sophia, ¡que elegante!

Estaba a punto de dar media vuelta cuando vi una puerta entreabierta al final del pasillo, con una fina línea de luz derramándose sobre el suelo de madera. Algo me empujó hacia el lugar, quizá fue la curiosidad, o un sexto sentido que no sabía que tenía.

A medida que me acercaba, los sonidos se volvieron más claros, era la voz de una mujer, jadeante y urgente:

—Demonios, sí, justo ahí.

Me quedé helada, esa voz me resultaba familiar.

Un hombre respondió, con un tono grave y dominante:

—Te gusta, ¿verdad? Dime cuánto lo quieres.

Se me hundió el estómago, era la voz de Ryan.

Debí haberme dado media vuelta, bajar las escaleras corriendo y salir directamente por la puerta principal. En lugar de eso, me acerqué más y empujé la puerta para abrirla del todo.

La escena se estampó en mis retinas como una marca al rojo vivo: Sophia, inclinada sobre su tocador, con el vestido dorado recogido a la altura de la cintura. Ryan detrás de ella, con los pantalones en los tobillos y las manos aferradas a sus caderas mientras embestía dentro de ella.

—Más fuerte —jadeó Sophia—. Quiero sentirlo mañana.

—¿Qué demonios? —las palabras se me escaparon antes de poder frenarlas.

Ambos se quedaron petrificados.

Ryan giró la cabeza de golpe, abriendo los ojos desmesuradamente por la sorpresa.
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