Olivia
Sus ojos se clavaron en los míos cuando me acerqué, para luego bajar y recorrer el vestido entero, tensando la mandíbula.
—Olivia —mi nombre sonó a pecado en sus labios—. Estás… deliciosa.
Sentí el calor subir a mis mejillas. —Gracias, tú tampoco estás nada mal.
—Pensé en enviar un coche —dijo, abriendo la puerta del copiloto para mi—. Pero quería ver tu cara al salir.
—¿Y qué te dice mi cara? —pregunté, deslizándome en el asiento de cuero.
Se inclinó hacia mí, mareándome con su colonia.