Antonella

El timbre sonó cuando Ivania terminaba de bañarse. Se envolvió en la toalla y vio, desde la sala, a través de la ventana. Vio el rostro de Lucha, también asomado e intentando adivinar si había alguien dentro de casa. De todas las mujeres del vecindario, Lucha era a la que menos deseaba abrirle en la mañana, envuelta en una toalla, pues su creatividad para el chisme era famosa y mínimo se inventaría que la había visto con resaca, un lunes a las diez de la mañana, y con un hombre también semidesnudo. Ivania ya estaba por dar media vuelta cuando escuchó que Lucha gritaba su nombre. Era demasiado tarde, la había alcanzado a ver. 

—¡Ya voy! —gritó Ivania mientras buscaba cualquier prenda de ropa que le sirviera para cubrirse. Abrió la puerta vestida con los pantalones de la sudadera de un hombre y la camisola de una mujer dos tallas más grande que ella. Se sorprendió al ver a Lucha con un bebé en los brazos. 

—Amiga, necesito que me hagas un inmenso favor —dijo Lucha después de haber repasado la pinta de Ivania con mirada de desaprobación, seguro ya ideando una gran historia -falsa- que justificara esa ropa tan ancha. 

El favor era previsible, aunque Ivania no se explicaba por qué Lucha tenía un bebé en sus brazos. Hasta la tarde anterior, cuando la vio haciendo unas compras en la tienda, no tenía idea de que fuera madre. 

—¿Qué necesitas? —preguntó Ivania, arrepintiéndose al instante de la tonta pregunta que acababa de formular en vez de haberse negado por anticipado. 

—Que me la cuides, amiga —contestó Lucha extendiendo el bultico que tenía en las manos antes siquiera de recibir una respuesta.

—No, es imposible, no puedo. Ya voy tarde al trabajo —dijo Ivania sin atreverse a recibir a la criatura, envuelta en una frazada que caía por uno de sus bordes hasta casi rozar el piso. 

—Son solo quince minutos, por favor, te lo suplico. Voy por las compras de hoy y vuelvo, pero no puedo hacerlas cargándola a ella. 

—¿Y quién es? —preguntó Ivania con los brazos todavía cruzados sobre la camisola que ocultaba sus manos. Notó que Lucha dudaba qué responder por un segundo. 

—Una sobrina de Ramiro, la hija de su mamá, que está en la ciudad, de paso. 

—No querrás decir que es su hermana, siendo hija de su mamá —el rostro de Ivania se contrajo en una sola arruga—. ¿Y su mamá no tiene como setenta años? ¿Cómo pudo tener una hija?

—Ay, no, amiga, me entendiste mal. Qué digo yo, es hija de su hermana. 

Ivania quedó convencida de que ni Lucha sabía qué relación tenía esa niña, de no más de seis meses, con su familia. 

—Igual, no puedo, Lucha, lo siento. Ya voy tarde y me estoy retrasando más. 

—Amiga, por favor, estoy desesperada. Te quedo debiendo una grande. 

¿Una grande?, pensó Ivania. Lucha no podía pagar ni una minúscula. Si historial de pago de favores mostraba un enorme saldo en rojo reteñido. 

—De verdad, Lucha, por favor. Ya tengo que irme. Lo siento, no puedo.

Antes de cerrar la puerta, Ivania sintió lástima por la bebé. Estaba despierta y su mirada, que se paseaba entre las dos mujeres, parecía decir que entendía el rechazo al que estaba siendo sometida. Lucha debió notarlo, porque insistió.

—Ivi, te lo imploro, si no por mí, al menos hazlo por ella. Se llama Antonella y, aquí entre nosotras, su mamá no es que la quiera mucho. La niña fue un accidente. 

Lucha supo conmover el corazón de Ivania, que ya se imaginaba inventándole una excusa a Don Esteban, su jefe en la panadería. Miró a la niña, que para su fortuna, no tenía ningún parecido con su supuesto tío, el compañero de Lucha, un hombre de mirada siempre malvada y prepotente. 

—Está bien. ¿Pero me prometes que en quince minutos estarás acá?

—Sí, sí, te lo juro —dijo Lucha mientras dejaba a la niña en los brazos de Ivania—. Es solo una compra pequeña en la tienda, para dejarle el almuerzo hecho a Ramiro. 

Lucha es una mujer muy tonta por andar todavía con ese hombre, pensó Ivania. Hasta donde sabía, Ramiro no hacía ni trabajaba en nada, pero aún así necesitaba que Lucha le dejara el almuerzo hecho. 

—Bueno, te espero. Recuerda que debo salir a trabajar. 

Lucha sonrió y a Ivania le pareció que lo hacía como si lo hubiera hecho con un gran esfuerzo. Debe haberle cogido cariño a la niña, teniendo una madre que no la quiere y siendo tan bonita, creo que en estos quince minutos yo también voy a encariñarme.   

Ivania cerró la puerta con la pierna, teniendo las dos manos encartadas con el pequeño bulto sonrosado, envuelto en una frazada amarilla, que la observaba con curiosidad. 

—¿Quién estaba a la puerta? —preguntó Doña Hortensia, la dueña y administradora de la casa, que alquilaba una de las piezas a Ivania. 

—Era Lucha, señora. Necesitaba ir a la tienda y me dejó al cuidado de su sobrina. 

Los ojos de Doña Hortensia miraron a la pequeña Antonella como si fuese un corte de queso al que se le ven los hongos que lo han podrido. 

—¿Le recibió una criatura a esa loca? —Las manos de Doña Hortensia se apoyaron contra su voluminosa cadera—. ¿En qué estaba pensando, niña? No, no, llámela rápido, que se regrese. 

—Pero, Doña Hortensia, no ve que es su sobrina, bueno, la de Ramiro, su compañero sentimental. Dijo que no se demora, es cosa de quince minutos. 

—Eres muy inocente, niña. Te confías demasiado de la gente.

—¿Qué quiere decir, Doña Hortensia? ¿Cómo se le ocurre pensar que Lucha no va a volver por la sobrina de su compañero?

Doña Hortensia no dijo más, solo hizo una mueca y preguntó a Ivania por la ropa que estaba usando. 

—Ya, ya me cambio y la dejo donde estaba.

Subió a su habitación, que compartía con Sonia, una muchacha del campo que había venido a la ciudad para conseguir un trabajo con el que ayudar a sus padres. Sonia ya no estaba, había salido desde las cinco de la mañana. Ivania miró el reloj. Faltaban diez minutos para las ocho. Don Esteban la iba a matar. 

—Pero no importa, tú te lo mereces, coshita hemosa, verdad, eres una chiquitina linda.

Después de dejar a Antonella acostada en su cama, Ivania se empezó a cambiar la ropa. La pequeña la miraba con atención y por momentos paseaba la vista por la pieza, como si preguntara en dónde estaba y si acaso esa era la nueva vida que le esperaba, en un pequeño cuarto en el que solo había espacio para dos camas y un pequeño armario. Cuando Ivania terminó de vestirse miró el reloj que pendía de la pared y decía Coca-Cola entre los números. Ocho y cuarto. Se asomó por la ventana, esperando ver a Lucha acercarse por la acera, pero por más que estiró la vista, no la vio por ningún lado. 

¡¿Por qué me hace esto?! Ya debería estar acá. Don Esteban me va a despedir.  

Repasó su maquillaje, se volvió a peinar. Faltaban diez minutos para las nueve y no había rastro de Lucha. Antonella seguía tranquila, pero un horrible hedor empezó a atormentar la nariz de Ivania. Al acercarse a Antonella, no le quedó duda de la fuente de aquella peste. 

¿Dónde voy a conseguir un pañal?

Desenvolvió a la pequeña con la esperanza de que, entre los pliegues de la frazada, hubiera un pañal o algo parecido. No encontró más que el body manchado de la bebé a la altura de su cola. 

¡También se ensució la ropa!

Eran las nueve de la mañana e Ivania estaba por entrar en una crisis de nervios. Abrió la ventana de la habitación, esperando que la peste pasara. Miró y en la calle no había rastro de Lucha. 

¡¿Por qué, por qué?!

Se decidió a salir con la bebé a la tienda. Allí seguro le darían razón de Lucha y, si no estaba ahí, al menos le compraría un pañal de cambio a Antonella. Revisó su billetera y solo tenía lo suficiente para el bus de ida a la panadería. Cayó en cuenta de que ni siquiera sabía cuánto podía costar un pañal. 

Salió de la habitación en silencio, esperando no encontrarse a Doña Hortensia. No tuvo suerte y escuchó que la llamaba cuando intentaba abrir la puerta de la casa sin dejar de cargar a la bebé. 

—¿No ha venido Lucha por su sobrina?

Al Ivania darse vuelta, se hizo evidente que no.

—Voy a buscarla a la tienda. Ya vengo.

—Hágalo, niña, y no vuelva con la bebé. Ya sabe que aquí no se reciben mujeres con hijos.  

Ivania abrió como pudo y salió. 

Ni siquiera es mi hija.

Caminó hasta la tienda mientras sentía la mirada de los vecinos encima suyo. 

—Don Raúl, buenos días —saludó—. ¿Ha visto a Lucha? ¿Hace cuánto estuvo aquí?

—¿A Lucha? No, señorita. Esa por aquí no se aparece desde hace días, porque sabe que le cobro. 

Ivania sintió que la tierra empezaba a abrirse, pero pensó que quizá Lucha se había ido a otra tienda. Recorrería todas las del barrio, si era necesario.

—¿Vende pañales, Don Raúl?

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