Miel
Me giré sobre mi espalda y miré hacia el techo, con todas esas caritas desanimadas e inocentes pasando por mi mente. Entre trabajar en dos empleos, siempre me las arreglaba para hacer tiempo para dar unas cuantas vueltas por el orfanato. No para bañarlos o alimentarlos —había suficientes ancianas de aspecto miserable con coletas grises haciendo ese trabajo—. Fui allí para jugar con ellos. Para sentarme en el suelo junto a ellos y jugar a las cartas, al snap, a las serpientes y escaleras, a