MARIO
—¿Señor Farías?
Su voz se distorsiona a través del intercomunicador, aguda y metálica, pero sigue siendo la voz que ha perseguido mi mente —que ha perseguido mi maldita polla— desde el viernes. Solo el toque ronco en ella hace que acomode mi postura en el porche del apartamento de su amiga en Brooklyn.
—Veinte segundos, señorita Silva —le espeto, porque debería reconocer mi maldita voz después de haber tenido mi lengua dentro de ella, y la idea de que no lo haga es inaceptable.
—Eh, deme