MARIO
Los ojos de Francisco arden de ira por un momento antes de apagar el fuego. Luego, una sonrisa espeluznante se desliza por su rostro, revolviéndome el estómago.
—Seguro no estás diciendo que me sonsacaste a mi asistente, sé que la empresa ve con malos ojos ese tipo de cosas —dice, lo suficientemente alto como para que varias cabezas cercanas se giren en nuestra dirección.
—¿Estás admitiendo que Pilar Silva trabajó como tu asistente todos estos años? —pregunto, con la misma fuerza. Lo que