PILAR
«¡Mierda, señor Farías!».
No hubo advertencia ni persuasión. Se lanzó hacia mi centro como un hombre poseído. O más bien, tiró de mi coño hacia arriba y hacia él como si le perteneciera. Y no estoy segura de que no sea así.
Tiene una de sus manos debajo de mi trasero. Con la otra me mantiene abierta de par en par para su lengua, que se hunde dentro de mí antes de que pueda siquiera sostenerme. Se sumerge tan profundo que mis músculos se contraen ante la intrusión. Y gime como si pudiera s