MARIO
Estoy a centímetros de su rostro y de esos labios abiertos y perfectamente carnosos, cuando su mano corre hacia mi pecho, presionando.
—Por favor, no —suplica.
—No se preocupe, no la besaré —digo, pasando mi pulgar por sus labios—. No importa cuánto lo desee. Pero voy a besar su cuello, ¿de acuerdo? Necesito algo a lo que aferrarme mientras embisto contra su cuerpo. Seguro que no puede negarme eso también.
No lo hace. Su asentimiento es leve, apenas perceptible, pero asiente. Me da la imp