MARIO
Mi dulce niña. Sus manos se aferran a mis hombros mientras examina la pantalla de la computadora hasta quedar conforme. Es como si confiara en mí, pero la hubieran engañado tantas veces que no confía en sí misma. No soy yo; es todo el mundo y todo lo que vino antes.
Lo comprendo.
Razón por la cual le aseguro: —Por supuesto. Yo nunca te haría algo así, ¿de acuerdo?
Deslizo mis manos de arriba abajo por su espalda, disipando cada pizca de su ansiedad.
Luego voy un paso más allá. —Mira esto.