AMARA
Miré fijamente a Maddox sin expresión.
Él también me miraba, con el rostro cerrado e ilegible. Como si no me acabara de entregar de nuevo en bandeja de plata. Como si tampoco lo hubiera hecho antes.
Como si los últimos retazos de esperanza a los que me había aferrado no significaran nada.
¿Qué esperaba siquiera?
¿Que no me usaría como presa de caza después de haberlo hecho dos veces en los últimos días?
Era un rey despiadado.
Por supuesto que no le importaba.
“Me encanta eso, Rey Lycan,”