La respiración de Elena sigue acelerada, y el calor posterior a la entrega con Dante aún permanece en la superficie de su piel sudorosa. Sin embargo, la grabación de la voz de su difunto padre rebotando en las paredes de la habitación congela al instante la sangre en sus venas.
Dante, acostado a su lado, deja escapar una risa baja, ignorando la presencia de Rafael en el umbral del balcón. El hombre estira su brazo firme, recorriendo la cintura descubierta de Elena y atrayendo el cuerpo débil de