TREINTA Y UNO

—¿Quieres que te enseñe la casa? — Cuestiona Badel interrumpiendo el agradable silencio que se había acomodado en nuestro desayuno.

A diferencia de Kail, Badel me deleitó en una actitud despreocupada preparando nuestro desayuno en la inmensa cocina en la que aún nos encontrábamos.

Ambos acomodados en la inmensa isla de oscuro mármol, sobre los altos taburetes que la acompañaban, disfrutando de unas ricas tortitas que solo han aumentado mi interés en el atractivo hombre que no deja de sorprender
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