—NATALIA—
Estoy recostada contra el pecho de Lex, sentada sobre su regazo y envuelta en la manta suave de lana en la que Lyam ha conseguido de algún lugar de la casa.
Estamos en la parte cubierta del jardín, acomodados en los sillones de verde olivo que destacan casi pintorescamente con las lonas de tela suave que caen sobre nuestras cabezas y cuelgan sobrantes en firmes sujeciones de gruesas cuerdas sobre las vigas de robusta madera que forman esta parte cubierta.
Como el resto de la casa, tod