—Elena... Abre los ojos.
Elena abrió lentamente los párpados, que sentía pesados. Lo primero que vio fue el techo de su habitación principal y luego el rostro aterrorizado de Diego, que empezaba a relajarse con alivio.
—Diego... —susurró ella con voz ronca.
Él la besó de inmediato en la frente, con ternura y sin prisa.
—No te muevas demasiado. Estás a salvo aquí. Te lo juro, nadie volverá a tocarte.
Elena sonrió débilmente y apretó los dedos de Diego, que la sujetaban con fuerza.
—Lo sé. C