Una felicidad que duró poco
Aitiana
Finalmente habíamos llegado a Italia. El viaje había sido largo y agotador, y mi cuerpo parecía resentir cada segundo de aquel trayecto. Apenas pusimos un pie en la casa, sentí como si el peso del cansancio se multiplicara. Lo único que quería era descansar, cerrar los ojos y olvidar el agotamiento acumulado.
Mi hermana pequeña ya estaba en su habitación, bajo el cuidado de una enfermera que Xavier, mi esposo, había contratado con anticipación. Gladys y la e