El silencio era insoportable.
Intenté levantarme nuevamente, pero el dolor en mi muslo era demasiado intenso. La herida sangraba abundantemente, y sentía que la vida se escapaba de mí gota a gota.
—Helena —susurré, sintiendo que las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas—. Helena, perdóname. Perdóname por no poder salvarte.
Y entonces, escuché un sonido.
Un susurro.
—Señor... señor...
Levanté la vista y vi a Margaret emergiendo de las sombras. Llevaba las manos manchadas de sangre y el ro