El coche avanzaba lentamente por las calles de Brooklyn, y yo sentía que cada bache era una puñalada en mi muslo herido. La gasa que Margaret había improvisado con un trozo de su vestido estaba empapada de sangre, pero no podía detenerme. No podía rendirme.
—¿Está seguro de que quiere hacer esto, señor? —preguntó Margaret desde el asiento del conductor, con el rostro iluminado por la luz intermitente de los semáforos—. Podríamos ir al hospital primero, curar esa herida...
—No hay tiempo —dije,