El avión privado era lujoso, con asientos de cuero blanco y una azafata que me ofreció champán en cuanto subí. Pero yo apenas podía respirar. Cada minuto que pasaba, cada kilómetro que recorría, me acercaba más a una verdad que temía descubrir.
El vuelo a Colombia duró cinco horas. Cinco horas de silencio, de preguntas sin respuesta, de miedo. Cinco horas en las que repasé cada recuerdo de mi infancia, cada conversación con mi madre, cada gesto de mi padre.
“¿Por qué nunca me hablaste de Eduard