El viaje al hospital fue silencioso, roto solo por el rumor de los neumáticos sobre el asfalto mojado y el latido de mi corazón, que aún no se había calmado del todo. William iba a mi lado, con mi mano entre las suyas y la mirada perdida en el horizonte de Manhattan que se extendía tras los cristales empañados. No hablábamos. No hacía falta. El peso de lo que había descubierto, de lo que había perdido, de lo que aún no sabía, se cernía sobre nosotros como una nube de tormenta que amenazaba con