La mañana siguiente a nuestra cita en la terraza, me desperté con el cuerpo aún cálido por el recuerdo de la noche anterior y la mente más clara de lo que había estado en semanas. Helena dormía a mi lado, con el cabello moreno esparcido sobre la almohada y una mano apoyada sobre el vientre donde nuestro hijo crecía. La luz del amanecer entraba por los ventanales, dibujando líneas doradas sobre su rostro moreno, y yo me quedé un momento observándola, sintiendo cómo el amor que sentía por ella me