No respondí al aullido de Kael.
Permanecí dentro de la casa del límite mientras aquella voz recorría el bosque, atravesaba las ramas y golpeaba cada parte de mí que todavía esperaba escucharla.
No había vínculo.
No había magia.
Aun así, mi cuerpo lo reconocía.
El lobo que me había llamado mate seguía buscando algo que el hombre había olvidado.
Mirella permanecía junto a la ventana.
—Continúa aullando.
—Lo escucho.
—Quizá deberías—
—No.
La respuesta salió más dura de lo que pretendía.
Mirella ce