Alexei.
Levanté la cabeza y la vi de pie, sonriéndome. Bajé la ventana y le reclamé por qué no me había llamado. Ella seguía riendo, así que abrí la puerta del copiloto para que entrara.
—Anashia, entra por favor —le dije. Al entrar, la abracé con fuerza sin importarme que a unas cuadras estuviera su casa y la mía.
—Es mejor que salgamos de aquí.
—Sí, señor. A sus órdenes.
Anduvimos por varios lugares. Fuimos a Masaya a ver la laguna de Apoyo desde el mirador de Catarina. Nos tomamos algunas fo