Un encuentro peculiar.
—No tengo tanto deseo de cabalgar pero es mejor que estar encerrada.
—Esta bien, señorita iré a su lado.
Esa tarde, bajo el cielo anaranjado del crepúsculo, Azalea ensilló a su yegua, Niebla. Wis la acompañaba en otro corcel más tranquilo. Galopaban por la llanura, lejos del castillo, dejando que el viento les despeinara los pensamientos.
Todo era paz… hasta que no lo fue.
Niebla relinchó con fuerza, levantó las patas delanteras y salió disparada, desbocada, enloquecida. Azalea se da cu