Capítulo 5 —La Noche del Sacrificio

Capítulo 5 —La Noche del Sacrificio

Narrador:

La habitación estaba impregnada de una quietud incómoda.

Aurora permanecía sentada al borde de la cama, la espalda recta, las manos tensas sobre el regazo. No lloraba. No temblaba. Lo que tenía era peor: una aceptación prematura.

Lourdes se detuvo frente a ella, luchando por encontrar las palabras correctas.

—Ernestina fue clara —comenzó con cautela—. La herida no va a cicatrizar. El veneno ya está instalado en tu sangre. No es cuestión de si vas a morir… sino de cuándo.

Aurora levantó la vista sin dramatismo.

—Lo sé. Lo siento cada día con más fuerza. La sangre de tu padre ya no me sostiene como antes.

No había reproche en su voz. Solo una constatación.

Lourdes respiró hondo.

—Hay algo más que necesitas entender antes de tomar una decisión.

Aurora la miró con atención.

—Si te convierten siendo virgen, tu cuerpo reaccionará de una manera distinta. La transformación altera la regeneración celular. Cada vez que mantengas relaciones, tu himen volverá a formarse. Volverás a atravesar el mismo dolor… una y otra vez.

Aurora no reaccionó de inmediato.

—¿Estás diciendo que jamás dejaría de serlo?

—Exactamente. Y si compartes intimidad con otro vampiro, y sangras, el olor de tu sangre podría provocar que pierda el control aunque no quiera.

Ahora sí, el impacto fue visible.

—Entonces no es solo dolor. Es peligro.

—Es riesgo constante.

El silencio cayó entre ambas.

—La alternativa es sencilla en teoría —añadió Lourdes con suavidad—. Que pierdas la virginidad antes de la conversión.

Aurora giró el rostro hacia la ventana.

—¿Antes de convertirme?

—Sí.

La joven cerró los ojos.

—No es algo que estuviera en mis planes.

—Nada de esto lo estaba.

Aurora dejó escapar un suspiro largo.

—¿Y quién decidiría eso? ¿Quién sería el elegido?

Lourdes dudó.

—Mi padre querrá asegurarse de que estés protegida.

Aurora soltó una risa breve, amarga.

—¿Protegida? No se puede llamar protección a esto.

Hubo un silencio espeso.

—No quiero hacerlo —dijo finalmente Aurora—. Pero tampoco quiero morir.

Lourdes se acercó y tomó sus manos.

—No es una elección justa.

—No —respondió Aurora con firmeza—. Pero es la única que tengo.

Sus miradas se encontraron. Ya no había ingenuidad en los ojos de Aurora. Había determinación.

—Que sea pronto —concluyó—. No quiero prolongar la espera.

Dos días después, la tensión en la mansión era palpable.

Caín había considerado dejarla morir. No por crueldad. Sino por compasión. La inmortalidad no era un regalo. Era una condena elegante.

Cuando entró en la habitación, Aurora estaba de pie, de espaldas. La postura rígida. La nuca descubierta. El cuerpo tenso como una cuerda a punto de romperse.

El latido de su corazón resonaba en los oídos de Caín con una claridad insoportable.

Cerró la puerta, y todo cambió, él supo que no la dejaría morir.

El cerrojo cayó con un sonido seco. La piel de Aurora se erizó. Ella creyó que sería otro. Sintió unas manos frías recorrerle el cuello. Un leve temblor la atravesó. Caín acercó sus labios al cuello y la beso, antes de susurrarle

—No voy a hacerte daño.

Aurora giró bruscamente.

—¿Es usted?

Caín sostuvo su mirada.

—Sí.

Hubo un instante de tensión muda.

—Pensé que… delegaría esto en alguien más.

Caín frunció apenas el ceño.

—¿Te habría parecido mejor?

Aurora vaciló.

—Habría sido más sencillo.

—Para ti… o para mí.

Ella no respondió.

Caín dio un paso al frente.

—No delego lo que considero importante.

Sus palabras no fueron suaves. Fueron posesivas.

—Si esto debe hacerse, será bajo mi responsabilidad.

Aurora sostuvo su mirada.

—¿Es responsabilidad… o algo más?

La pregunta quedó flotando.

Caín la observó en silencio.

—Es supervivencia —respondió finalmente—. Y nada más.

Ella no parecía convencida.

—¿Va a doler?

—La transformación, sí. Lo que ocurra antes… dependerá de tu disposición.

Aurora respiró con dificultad.

—No tengo otra salida.

—Siempre existe la opción de no hacerlo.

—Cada día que pasa me debilito más.

Él se acercó lo suficiente para que el calor de ella chocara con el frío de su cuerpo.

—No deberías enfrentarlo con miedo.

—¿Y con qué se enfrenta algo así?

—Con confianza.

Aurora apoyó la frente contra su pecho.

—Entonces no se vaya.

El contacto lo desarmó más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—No lo haré.

Le tomó el rostro entre ambas manos y la obligó con suavidad a mirarlo. Depositó un beso en cada uno de sus ojos cerrados, luego en sus mejillas aún húmedas por las lágrimas. Después apoyó sus labios sobre los de ella, todavía tibios por el llanto, y profundizó el beso hasta abrirse paso en su boca con la lengua.

Ella respondió casi de inmediato, entreabriendo los labios y permitiéndole invadirla por completo. El beso se volvió intenso, cargado de una necesidad que iba más allá del consuelo. Él sintió cómo el cuerpo de ella se debilitaba, como si estuviera a punto de desvanecerse, y la rodeó con los brazos, estrechándola con fuerza contra su pecho para sostenerla.

Cuando finalmente se apartó, apenas unos centímetros, comprobó que los ojos de ella seguían cerrados, rendidos todavía al impacto del beso.

—Voy a disfrutar mucho haciéndote el amor.

Ante esas palabras se le escapó un largo suspiro. Caín sonrió satisfecho, pero lleno de lujuria. Sabía que tenía que ser delicado con ella, ese era el cometido. En ese momento descubrió lo mucho que la deseaba. Ya no lo hacía como una especie de obligación; realmente quería estar con ella y poseerla.

—Tengo miedo…

—No lo tengas. Te haré gozar como a pocas. Me gustas como hacía cientos de años no me gustaba una mujer. Eres hermosa, muy hermosa, y me estás volviendo loco.

Le tomó la nuca con una mano y la cintura con la otra, y volvió a besarla. Sintió cómo ella apoyaba las manos sobre su pecho y la estrechó contra sí, casi hasta estrujarla. La escuchó quejarse dentro de su boca. La alzó por la cintura, haciendo que ella le rodeara la cadera con las piernas y, sin dejar de besarla, la llevó a la cama.

Le fue quitando la ropa muy lentamente. Con cada prenda que le retiraba sentía cómo ella se agitaba y comenzaba a jadear. Su miem*bro se excitaba al punto de casi explotar. Una vez que la tuvo completamente desnuda, él hizo lo mismo. Se posó sobre ella haciéndole sentir todo su peso. Volvió a besarla mientras sus manos recorrían el cuerpo de Aurora. Luego descendió por completo con sus labios y su lengua.

—Eres perfecta… hermosa por donde te mire.

Se hundió en su intimidad, separando con delicadeza, los labios inferiores con los dedos, y le hizo sentir la punta de lengua fria, a lo que ella reaccionó.

—Caín…

Pero el continuó, esta vez le pasó la lengua plana de abajo hacia arriba, las manos de Aurora estrujaron las sábanas al cotado de su cuerpo. Quiso cerrar las pienas, pero caín se lo impidió con las manos, mientras su boca continuaba jugando con su clít*oris, con un movivimiento exasperante para ella, quien no pudo soportar mucho tiempo más antes de deshacerse en un orgasmo que la atrevesó de pies a cabeza.

—Aurora… —susurró él.

Cuando el cuerpo de la joven dejo de convulcionar por los espasmos, se colocó sobre ella e hizo que su miem*bro la rozara, apenas antes de comenzar a penetrarla lentamente.

—¡Oh! —se quejó ella cuando lo sintió dentro por completo.

Caín comenzó con un suave vaivén mientras escuchaba con placer los gemidos de la joven. Salió de ella, se enderezó en la cama haciendo que se sentara sobre él, la tomó de las nalgas y profundizó la penetración.

Le cinchó el cabello desde la nuca y ella tiró la cabeza hacia atrás. Él le pasó la lengua por el cuello, desde la base hasta los labios, culminando con un profundo y sexual beso.

Aurora lo acariciaba y lo besaba desenfrenadamente. Estaba gozando a tal punto que subía y bajaba sobre él, logrando que Caín jadeara de placer.

De pronto, Caín pasó los labios por el cuello de Aurora y le hizo sentir sus colmillos. Ella tembló al notar las puntas afiladas.

—Hazlo… te lo ruego.

Ante esa súplica, él hundió más la mordida y saboreó su sangre, la suficiente para saber que se transformaría. Ella emitió un grito y se aferró aún más a su cuerpo. Al separarse, un hilo del espeso líquido rojo corrió por el cuerpo de ella, el cual Caín limpió con los labios, besando luego a Aurora y haciéndole sentir el sabor de su propia sangre. Aceleró el movimiento para correrse dentro de la joven.

La depositó en la cama y acarició todo su cuerpo hasta llegar a su intimidad, donde jugó con los dedos mientras invadía su boca con la lengua, hasta lograr que ella se corriera nuevamente, emitiendo un gran gemido dentro de su boca.

Y así se consolidaba el ritual.

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