Capítulo 4 —La Decisión que Condena

Capítulo 4 —La Decisión que Condena

Narrador:

Ernestina salió del dormitorio de Aurora con el rostro ensombrecido. La puerta se cerró a sus espaldas con un susurro que sonó demasiado definitivo. En el pasillo, bajo la tenue luz de las lámparas antiguas, Caín aguardaba inmóvil, como una estatua esculpida en hielo.

—¿Cómo la encontraste?

No necesitaba respuesta. La preocupación en los ojos de la bruja era suficiente.

—¿Podemos ir a tu oficina? —pidió ella en voz baja—. No quiero que nos escuchen.

Caín asintió sin dudar.

—Claro.

Giró la cabeza hacia Lourdes, que permanecía junto a la puerta.

—Lourdes, quédate con Aurora. No la dejes sola ni un segundo.

—Sí, padre.

Vampiro y bruja avanzaron por el corredor tomados del brazo, no por fragilidad, sino por la vieja costumbre de caminar juntos cuando la conversación prometía ser grave.

Al entrar en la oficina, el silencio los envolvió. Caín se dirigió al aparador, tomó la botella de whisky y sirvió dos vasos con mano firme. Le ofreció uno a Ernestina. Ambos bebieron largo, como si necesitaran el ardor del alcohol para enfrentar lo inevitable.

—Habla —ordenó él finalmente—. ¿Cómo está?

Ernestina sostuvo su mirada sin parpadear.

—Nunca te he mentido, Caín. Y no empezaré ahora. Aurora se está muriendo.

Las palabras no fueron un golpe. Fueron un derrumbe.

Caín cayó lentamente en el sillón. Su postura, siempre recta, cedió apenas. Su mirada se perdió en algún punto distante, más allá de la habitación, más allá del siglo.

—Creí que mi sangre la salvaría.

—En circunstancias normales, lo habría hecho de inmediato —explicó Ernestina—. Pero quien orquestó esto sabía lo que hacía. No fue un ataque impulsivo. Fue planificado. Sabían de la profecía. Y decidieron corromperla.

Caín cerró los ojos un instante.

—Se supone que ya no hacemos estas cosas. Que no sacrificamos inocentes por ambición.

—Los que respetan los pactos no lo hacen —respondió ella—. Pero pensar que todos los respetan es ingenuo.

El silencio volvió a instalarse.

—¿Qué va a pasar con Aurora? —preguntó él, más bajo.

—Depende de ella. Y de ti.

Caín levantó la vista con incredulidad.

—¿De mí? Ya le he dado más sangre de la que su cuerpo puede soportar. ¿Qué más esperas que haga?

Ernestina respiró hondo.

—Convertirla.

El nombre de la opción cayó como una sentencia capital.

—No —la respuesta fue inmediata.

Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro. Sus manos se agitaban, sus pasos marcaban un ritmo violento sobre el suelo de madera.

—Eso es inadmisible. No voy a condenarla a esta existencia. No voy a convertirla en lo que soy.

—Entonces la condenarás a morir.

La frase lo obligó a detenerse.

Caín la miró como si, por primera vez, comprendiera la magnitud real de lo que estaba en juego.

—¿Tienes idea de lo que me estás pidiendo?

—Sí —respondió Ernestina con serenidad—. Y también sé que no hay nadie sobre la tierra que desee más que yo que tu especie deje de multiplicarse. Pero Aurora es distinta. Es fundamental.

—No puedo.

—No es solo tu decisión —replicó ella—. Debes hablar con ella. Darle la opción.

—¿Y qué gano con eso?

—Ganas su voluntad. Le debes la verdad.

Caín apartó la mirada.

—No sabría cómo decirlo.

—Puedo hacerlo yo.

—No. —La interrumpió con firmeza—. Yo lo haré. Tú ya le explicaste lo de la herida. Yo le explicaré el resto.

Hubo una pausa.

—Y si decide convertirse, Gabriel la transformará.

—¡No! —exclamó Ernestina.

—Sabes que no sería conveniente que lo hiciera yo.

—Es precisamente por eso que debes hacerlo tú.

Caín frunció el ceño.

—Sabes lo que implica.

—Más razón para que seas tú quien tenga el control —insistió ella—. Si la convierte otro, será su esclava. Y sabes lo que eso significa.

La palabra esclava quedó suspendida, oscura, pesada.

Ernestina se acercó y tomó sus manos.

—Tú has cambiado, Caín. No eres el monstruo que fuiste. Si tú la conviertes, podrás liberarla cuando esté preparada. Si lo hace otro… jamás será libre.

Él cerró los ojos.

—No puedo.

—Hay otro detalle.

La bruja se apartó.

—No me gusta ese tono.

—Aurora es virgen.

El impacto fue inmediato.

—¿Qué?

—Lo es. Y sabes lo que ocurre cuando una virgen es convertida.

El rostro de Caín se endureció.

—¿Insinúas que además de convertirla tengo que forzarla?

—No, calro que no, ella debe entregarse por voluntad propia. La tradición exige que su pureza sea quebrada antes de la conversión. De lo contrario, el proceso puede ser inestable.

Caín dio un paso atrás, horrorizado.

—Eso solo confirma que no debo hacerlo.

—Confirma que debes asumirlo tú. Porque si no eres tú, será otro.

La furia se dibujó en sus facciones.

—Gracias por tu consejo. Haré que te lleven a casa.

—Prométeme que lo pensarás —suplicó Ernestina—. Te lo pido por nuestra amistad.

Caín la observó con dureza.

—Lo pensaré.

—Eso es suficiente por ahora.

Ella salió, dejando tras de sí una tormenta.

La oficina quedó en silencio.

Caín se dejó caer nuevamente en el sillón. Dilan había cruzado todos los límites posibles. Pero Caín sabía que el lobo no era el cerebro, solo la mano ejecutora.

Ver a Aurora apagarse lo desgarraba de una manera que no comprendía. Había segado incontables vidas sin remordimiento. Nunca dudó. Nunca vaciló. Pero ahora… ahora algo diferente se agitaba en su interior.

No era piedad. Era apego. Y eso lo enfurecía.

Su mano comenzó a jugar con una imperfección del tapizado del sillón. Tiró de la tela hasta desgarrarla.

En su mente, la imagen de Dilan sangrando bajo sus manos le produjo un placer oscuro. Visualizó arrancarle la piel, convertirla en trofeo. La violencia lo calmaba.

O eso creía.

Sin necesidad de abrir la puerta, llamó:

—Gabriel.

La voz llegó del otro lado casi de inmediato.

—¿Me llamaste?

—Tráeme a Dilan.

Gabriel entró con cautela.

—Sabes que encontrarlo no es sencillo.

Caín se levantó y apoyó la mano con firmeza sobre su hombro.

—Saldrás. Te llevarás a quien necesites. Y no regresarás sin él.

—Eso es casi imposible.

—Nada es imposible cuando deseas conservar la cabeza sobre los hombros.

El miedo impregnó el aire. Caín lo olió.

—Lo quiero vivo —añadió.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Si hay alguien que pueda hallarlo, soy yo. Pero puede que no regrese.

—Regresarás —sentenció Caín.

Hubo un silencio tenso.

—Obedeceré —dijo finalmente Gabriel.

—Preferiría que lo hicieras como amigo.

El término quedó flotando entre siglos de jerarquía. Gabriel inclinó la cabeza.

—Entonces lo traeré. Por tu amistad.

Cuando quedó solo nuevamente, Caín permitió que su máscara se agrietara un instante.

No solo quería que le trajera al Lobo. Lo quería lejos de Aurora.

Había visto cómo reían juntos. Cómo Gabriel le apartaba el cabello del rostro con familiaridad.

Los celos, un sentimiento que creía olvidado, lo consumían.

Cuando Ernestina mencionó la conversión, su primer impulso había sido delegarla en Gabriel.

Pero la sola idea de que otro vampiro reclamara a Aurora como suya encendió algo primitivo.

Si debía pertenecer a alguien… Sería a él.

Aurora no sería de ningún otro. 

Y mientras la noche se espesaba sobre la mansión, Caín comprendió que la decisión que debía tomar no solo definiría el destino de Aurora.

Definiría el suyo y del el lobo que la hirió. Y esta vez, el monstruo no sabía si quería ganar.

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