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Capítulo 6 — Antes de que la noche cayera

Capítulo 6 — Antes de que la noche cayera

Narrador:

Nadie llega por casualidad a la casa de un vampiro.

Mucho antes de que el invierno se instalara como una maldición sobre el pueblo, antes de que el veneno comenzara a correr por las venas de Aurora y antes de que los clanes volvieran a mirarse con desconfianza, hubo una tarde cualquiera en la que una joven cerró la puerta de su casa sin saber que estaba abandonando mucho más que un techo.

Habían pasado apenas unas semanas.

Aurora no recordaba con exactitud el momento preciso en que todo comenzó a fracturarse. Tal vez fue el día en que enterraron a su hermano gemelo. Tal vez fue mucho antes. Las grietas no suelen anunciarse; simplemente avanzan, silenciosas, hasta que ya no hay nada que sostener.

La muerte de su hermano había sido inesperada, violenta y estúpida, a juicio de muchos. Él jamás fue ejemplo de nada. Mientras Aurora estudiaba y trabajaba, sacrificándose por construir un futuro distinto al que su familia parecía condenada a repetir, su gemelo pasaba horas frente a videojuegos sangrientos, perdido en mundos donde la violencia era entretenimiento y la muerte, un botón más. La vida real le pasaba por el costado sin que él pareciera notarlo. O peor aún, sin que le importara.

Hasta que un día decidió llevar su fantasía al mundo real.

Y la muerte lo encontró.

A juicio de Aurora, la peor muerte posible: inútil, evitable, provocada por una estupidez que jamás debió cruzar la línea del juego.

El entierro no trajo paz. Trajo tensión.

Eran idénticos en rostro, distintos en todo lo demás. Donde ella había disciplina, él tenía impulsividad. Donde ella soñaba con escapar, él parecía empeñado en autodestruirse.

Y lo logró.

Su muerte no solo dejó un vacío; dejó una culpa que nadie supo gestionar. En el hogar comenzó a respirarse un aire denso, cargado de reproches mudos. Aurora sentía que la miraban como si fuera la parte sobreviviente de un fracaso compartido.

La Navidad de ese año terminó de romper cualquier ilusión de normalidad.

No hubo abrazos sinceros ni palabras de consuelo. Hubo exigencias, hubo juicios y hubo silencios que dolían más que los gritos. Cuando anunció que dejaría su trabajo y pausaría sus estudios, nadie preguntó por qué. Nadie quiso saber qué estaba ocurriendo en su interior. Solo escucharon la decisión y poco les importó.

La amenaza fue clara: si no traía ingresos a la casa, la puerta estaba abierta.

Aurora no esperó a que la echaran.

Una madrugada tomó lo poco que consideraba suyo, una mochila, algo de ropa, documentos, recuerdos mínimos, y salió por la puerta principal sin despedirse. No hubo escena dramática. No hubo última discusión. Solo un silencio definitivo.

Subió al viejo coche que había pertenecido a su abuelo, un automóvil desgastado por los años pero cargado de memorias. Condujo sin destino, como si la carretera pudiera ofrecerle respuestas que su hogar le negó.

No llegó lejos.

El tanque estaba casi en reserva y apenas logró salir unos kilómetros del pueblo antes de que el motor comenzara a protestar. Detuvo el coche a un costado del camino, apoyó la frente sobre el volante y respiró hondo. Aquello no era valentía. Era desesperación disfrazada de decisión.

Se bajó, acarició el capó. Le dio un beso breve, casi infantil, y le agradeció en voz baja por todas las aventuras compartidas. Sabía que probablemente no volvería por él.

—Gracias, mi querido amigo, tal vez no volvamos a vernos.

La tarde caía con rapidez. El aire comenzaba a enfriarse. Sus pasos se volvieron pesados, el hambre se hizo presente, el cansancio le atravesó los músculos. Aun así, no miró atrás.

Cuando la noche terminó de instalarse, la oscuridad la envolvió por completo. Caminaba absorta, repitiéndose que debía haber planeado mejor su huida,

—Esto es una locura, no tengo a dónde ir. ¿En que mie*rda pensaba?

Fue entonces cuando unas luces la alcanzaron.

Un automóvil redujo la velocidad detrás de ella. Aurora no se detuvo. No miró, no supo si por orgullo, por miedo o por simple agotamiento.

—Si ese vehículo va a atropellarme, al menos será rápido. —se dijo con una ironía amarga —después de todo, la vida ya me ha atropellado bastante.

El vehículo la sobrepasó lentamente y se detuvo unos metros más adelante. Cuando llegó a su altura, la ventanilla del lado del acompañante descendió con suavidad.

Desde el interior, un hombre joven, impecablemente vestido y de porte elegante, la observó con un genuino interés.

—Si quieres, puedo acercarte al próximo pueblo —dijo con una voz grave y controlada—. Supongo que el coche que quedó atrás es tuyo y vas por combustible.

Aurora dudó.

Había algo extraño en aquel hombre. No era amenaza evidente. Tampoco era confianza automática. Era… intensidad.

Pero había salido sin plan. Y cuando alguien huye sin plan, aprende rápido que el miedo no siempre puede gobernar.

Entonces aceptó y subió al vehículo.

No sabía que en ese instante su vida acababa de cruzar una frontera invisible.

El interior del coche era impecable. Demasiado para alguien que viajaba en una carretera secundaria. Había un aroma limpio, casi frío, que no supo identificar.

No intercambiaron demasiadas palabras al principio.

Él condujo con seguridad.

Ella miró por la ventana, intentando convencerse de que aquello no era una locura.

No sabía que ese encuentro marcaría el inicio de todo lo que vendría después.

Mientras tanto, en otro lugar, en otra dimensión de conflictos invisibles para el mundo humano, Caín enfrentaba su propio derrumbe.

Después de muchos años de paz entre los Clanes, algo había comenzado a descomponerse.

Algunos integrantes nuevos, impulsivos y mal guiados, empezaban a mostrar actitudes violentas hacia cualquier ser que no perteneciera a su especie. Las tensiones crecían. Las guerrillas aisladas se multiplicaban.

En uno de esos enfrentamientos había caído Alex.

No era un simple miembro del clan.

Era su amigo.

Su mano derecha.

El compañero con quien había atravesado siglos intentando construir la tan ansiada paz.

—Caín, debemos detenerlos, sé que dijimos paz, pero esto se sale de control, estan haciendo juegos con humanos, los están cazando y los matan de la peor forma.

Le dijo Alex, quien había intervenido para impedir que un grupo de vampiros recién creados masacrara a jóvenes de sangre caliente. Intentó contener una furia incontrolable.

Y pagó con su vida.

La noticia dejó a Caín devastado.

Como líder de su clan y uno de los miembros más antiguos del consejo, solicitaría una reunión urgente para exigir explicaciones. Necesitaba respuestas. Necesitaba comprender en qué momento el equilibrio comenzó a romperse.

Pero ninguna respuesta devolvía a su amigo.

Muchos siglos juntos no se borran con facilidad.

La ausencia de Alex era un vacío que no encontraba sustituto.

Y en medio de esa pérdida, mientras la política de los clanes se tensaba y la paz parecía pender de un hilo invisible, el destino lo llevó a conducir por una carretera secundaria donde una joven caminaba sola en la noche.

—Pero, ¿que carajos hace alguien, caminado solo, a esta hora por esta carretera? —dismunuyó la velocidad —¿Acaso quiere suicidarse?

Aurora no sabía quién era el hombre que la había recogido.

Caín no sabía aún qué representaría ella en su existencia.

Solo hubo una decisión.

Un trayecto compartido.

Y una puerta que estaba a punto de abrirse.

Francis Wil

Porque de alguna forma, no muy casual, se conocieron...

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