Rustar, su lobo, habló en su mente como un gruñido contenido:
«No importaría si te dejas marcar de ella. De todas maneras morirá. La diosa nos dará a otra mate, o tendremos a Malahia. Esto es… solo una humillación pasajera.»
Ese macho cerró los ojos por un segundo.
«Es una estupidez…», le dijo a su lobo, internamente.
Rustar no cedía. Su voz interna fue clara y afilada:
«Le prometiste eso. No deberías mentirle.»
«No he mentido.», replicó Raymond, con dureza.
«¿Y cómo evitarás que